En un lugar de la costa de Rocha,
llamado Punta del Diablo, a doscientos noventa y cinco kilómetros
de Montevideo, existen hombres capaces de capturar al gran cazador
de los mares: los tiburones. A partir de octubre y hasta finales
de enero, los pescadores artesanales se hacen a la mar. Sus
economías familiares se basan en esta actividad.
“No debería llamarse este lugar Punta del Diablo,
porque este es el verdadero Cerro de los Pescadores”, dice
José Pedro Escalante, hombre curtido por el sol
y la sal.
Los escolares de Rocha cuentan: “le llaman así, por
la punta rocosa, peligrosa y traicionera que en grandes tormentas
provocara el hundimiento de los barcos”, eso nos dijo la
maestra, aseguran.
Un domingo con un sol inmenso, el cielo despejado,
y el color ambarino de las aguas, este lugar se parece mas bien
al paraíso. Sobre la playa, junto a las casitas apretadas,
deliberan los pescadores antes de salir a la mar.
Parecen sus chalanas un bote de papel en el agua.-
Sus brazos fuertes empujan como remos hacia el océano llevando
grandes redes. Están decididos, lo estuvieron sus padres
y sus abuelos años atrás, en procura del tiburón
más
grande.
Viajan una hora y dos horas, para luego extender
esas redes de setenta y cinco metros. Luego emprenden el retiro
y al día
siguiente vuelven para revisar.
No hay alegría más grande que observar atrapado en
la red a un tiburón “pinta roja”, un “trompa
de cristal”, el llamado “angelito” o “sarda”.
Los primeros llegan a pesar entre ochenta y cien
kilos: “hay
que estar muy seguros cuando se levanta la red, es necesario pegarle
fuerte en la trompa para noquearlo; de lo contrario, se corre riesgo”,
comenta Escalante.
BACALAO, ALETAS, VERTEBRAS Y MANDIBULAS
Punta del Diablo, es el símbolo de esta pesca. Además
de resultar muy avezados los pescadores, todos los integrantes
de la familia trabajan. No desperdician nada de su depredador
entre las redes. El bacalao de semana santa y que sale al exterior,
se prepara en estas costas.- Las aletas se secan y se comercializan
a muy buenos precios hacia China. Las vísceras sirven para
las raciones que luego alimentarán los cerdos. Su pulpa
se vende y las vértebras son transformadas en collares,
pulseras y recuerdos de un lugar que no te olvida. Y, las mejores
mandíbulas, puro cartílago, te recibirán a
poco que visites el cerro de los pescadores.
ANGELITO: ALETAS DE ANGEL Y UNA BOCA DE DEMONIO
El angelito, es un tiburón más pequeño, quizás
que pese veinte kilos.- Pero, como el refrán, “de
tal palo, tal astilla”. “Su boca se parece a la de
un demonio, su dentadura potente es temida por los pescadores,
pero si se lo mira desde sus aletas daría la impresión
de un ángel”, indica uno de los tantos baqueanos.
DESTINO DE PESCADOR
Un niño con su pelo ondulado y despeinado, observa el horizonte
desde su rancho de madera y paja. Descalzo, con cara de recién
levantado, tiene una mirada sin igual. Mezcla de tristeza y alegría.
Muy cerca, un perro como fiel amigo, huele sus pies. A la puerta,
juguetes que parecían desaparecidos. Un camión de
madera y algunos huesos atados por una lana.
Su piel es muy rosada, se parece a una manzana,
y sus ojos se parecen al océano. Es decidido y está lleno
de coraje. Las manos grandes, desafían a los centros especializados,
su motricidad es excepcional trabajando las redes en un mundo de
líneas enredadas.
Cuando se la pregunta, al igual que a su hermana, ¿ qué vas
hacer cuando seas grande?, ambos repiten: pescador. Cuentan, dividen
y multiplican con extrema facilidad, al igual casi todos.
Los problemas de matemática parecerían
no ser tales para ellos. Los maestros no los han alejado de su
aula natural, que es el propio lugar donde habitan.
No falta un partido de fútbol. No dejan casi
nunca de mirar siempre al mar, esperando al padre que en la chalana
busca al tiburón.
Las alegrías no faltan, tampoco la libertad,
la defensa de su territorio y el asombro fantástico de observar,
de vez en cuando, a las cuatro por cuatro de los turistas. |